miércoles, 8 de junio de 2011

Asesinato en la niebla (y 7). Por Héctor Castro Ariño

Uno de los hombres se dirigió apresuradamente hacia el silo, el otro salió corriendo hacia el coche. De dentro del silo saltó el tercer policía cerrándole el paso al individuo que intentaba huir. Los presuntos delincuentes no opusieron, entonces, resistencia alguna. Una vez esposados se encaminaron todos hacia el pantano. Allí estaba la barquita que anteriormente ya había visto el oficial. Esa misma madrugada policías y sospechosos se dirigieron a Zaragoza. Allí los dos hombres detenidos ya pasaron a disposición judicial.

Ese sábado Frago no apareció por La Litera. Eso llamó la atención de los habitantes del pueblecito protagonista de esta aventura. No fue hasta el domingo cuando la gente volvió a ver a Frago en la iglesia. Esa misma tarde hubo un pleno extraordinario en el ayuntamiento donde el agente explicó los hechos y agradeció a todo el mundo su colaboración. La víctima, Paco Salat, había agrandado su silo, con permiso del ayuntamiento, ocupando algo de término municipal y, en una de las paredes rocosas, descubrió zusa, aunque él no sabía ni lo que era. Como era muy mañoso enseguida empezó a esculpir y a hacer figuritas con ese material. Tiempo atrás Salat había estado envuelto con gente del hampa, gente que de cuando en cuando aún le habían hecho alguna visita a la torre intentando extorisonarlo. En una de las visitas descubrieron las figuritas y rápidamente vieron que era zusa. Esa gente obligó a Salat a guardar silencio y poco a poco fueron ampliando y explotando ese silo millonario. A Salat le tocaba una mínima parte de los beneficios, la cual aceptaba para no levantar las sospechas de los delincuentes. Pero Paco tenía la idea de decir la verdad algún día; se lo privaban las amenazas de los criminales. No solo él estaba amenazado, amenazaban también de asesinar a gente del propio pueblo como descubrieran que se había ido de la lengua. La noche del crimen Paco Salat les había dicho que ya estaba harto, había discutido fuertemente con los dos hombres detenidos. Después de esa discusión, los dos hombres sospecharon que Salat tenía intención de delatarlos a la policía, así que cuando esa madrugada fueron al terreno de Salat para sacar zusa del silo como otras noches, ya tenían pensado eliminar a Paco. Una vez cargado el zusa en el todoterreno, cogieron a Salat y se lo llevaron hacia el pantano con la excusa de que tenía que ayudar a uno de los hombres a llevar la carga esa madrugada, cosa que nunca había hecho. Una vez en la barca, Salat empezó a sospechar al comprobar que eran los dos hombres los que también subían a la misma. Una vez estaban algunos metros adentrados en el pantano Salat intentó tirarse al agua y escapar pero uno de los malhechores lo agarró del cuello y se entabló una dura pelea. Finalmente el otro hombre le dio un fuerte golpe con una barra de hierro en la espalda y Salat cayó al agua muy tocado. Allí fueron los delincuentes los que lo hundieron hasta que lo ahogaron. Después lo llevaron hasta la ribera y lo dejaron allí. Los trocitos de hormigón encontrados alrededor del silo de Salat pertenecían a un tubo hormigonado de gran diámetro utilizado, a modo de rodillo por los acusados, para romper trozos excesivamente grandes de zusa y, los restos del propio zusa que Frago había encontrado en la tierra de cultivo de Salat, eran menudencias que no se podían aprovechar y que los delincuentes mezclaban con la tierra para esconderlos. Aparte de los dos hombres detenidos la policía había desmantelado en Zaragoza y Huesca una red mafiosa que comercializaba este zusa con países asiáticos.
Héctor Castro Ariño++
Ramón Frago había llevado el caso con una gran profesionalidad e intuición. La única cosa de la que había tenido dudas y de la que finalmente comprobó que era tal cual se había dicho desde un primer momento fue la que hacía referencia al lugar del crimen.

Frago se quedó un par de días más en el pueblo. Le devolvió el Panda al farmacéutico. Hizo aún unas cuantas partidas al guiñote y a la butifarra. En unos meses volvería a rondar por la comarca, por lo que prometió volver a hacer alguna partida. Antes de regresar a Madrid se fue al Pirineo a visitar a su hijo pequeño y, después, se estuvo unos días también en Zaragoza en casa de su hija. Era ya finales de mes cuando Frago, con la pipa encendida y fumando un tabaco aromático, se fue encaminando hacia la estación de El Portillo.

FIN


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