terraplén. Frago tenía en mente el pantano y, efectivamente, hacia allí fueron. En la orilla del gran pantano había una barca. Los dos hombres salieron del coche y empezaron a cargar la barca de un material el cual todo el mundo puede imaginar qué era, zusa. Una vez acabaron de cargar se dieron la mano y uno de los hombres se fue en la barca y el otro con el coche. Frago regresó a la tierra de Paco Salat. Eran ya las cinco y media y ya clareaba. El oficial se encaminó hasta el sitio desde donde había estado vigilando el todoterreno. Tenía en la mente l recorrido que había hecho ese vehículo así que no le fue difícil encontrar el lugar; además, aunque no había nieve, las marcas de las ruedas traseras de la vuelta, debido a la excesiva carga, habían dejado un poco de señales en el suelo.
Una vez llegó hasta el lugar donde habían ido los sospechosos, no había ningún rastro de zusa. Después de rastrear durante una hora esa zona, Frago solo encontró muy tapado por la naturaleza un silo de grano. Se podía ver gran cantidad de grano, pero, ¿por qué estaba tan escondido? Fragó entró. Eso era un silo espectacular, nunca había visto uno de tan grande. Linterna en mano, el policía se fue adentrando y resultó que el lugar tenía un par de pasadizos. Finalmente y, al final de uno de los pasajes, descubrió una pared rocosa formada por roca y por zusa. Estaba claro. Dentro de las tierras de Salat había zusa. Cuando el inspector se fue, lo dejó todo tal cual lo había encontrado y borró las escasas marcas que había dejado. Era sábado. Frago fue al ayuntamiento y en el registro examinó las propiedades, los terrenos y sus límites. Ese silo pertenecía a Salat, estaba dentro de su tierra, pero en el registro no aparecían esas grandes medidas que Frago había comprobado. Lo que era la montaña rocosa ya era del término municipal. El alcalde le explicó al policía que le habían dado permiso a Paco Salat para que agrandara el silo pero que no se había registrado en ningún sitio. O que no hubiera sospechado nunca el alcalde era la dimensión que había alcanzado. El oficial le pidió que no hablar de eso con nadie, que estaba muy cerca de resolver el caso y que no convenía levantar la liebre. El alcade le dio su palabra. Frago contactó con dos hombres de su confianza y los hizo venir a Huesca, no quería montar una operación polical importante que pusiera en alerta a los sospechosos. Los dos policías vinieron de paisano. Esa noche irían los tres agentes a vigilar el silo. Cuando cayó la noche, sobre las diez, los policías fueron al silo. Uno de los agentes se colocó dentro del propio silo y, el otro, juntamente con Ramón Frago, se ocultó alrededor del lugar. Pasaban las horas y se hicieron las tres, las tres y veinte minutos, las tres y media de la madrugada… Fraga se impacientaba, pensaba que tendrían que volver mañana porque posiblemente esa noche no aparecerían los dos hombres. Cuando más intranquilo estaba Frago unos focos iluminaron el terreno y apareció el 4x4. En el momento en que los sospechosos se encaminaban a pie hacia el silo Frago gritó:
- ¡Alto, policía! ¡No se muevan!
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